Ayer compré tortas fritas en el panadero-pizzero de al lado de casa y cuando le vi la mugre de las uñas al momento en que me entregaba el producto no me dio asco por varias razones: en primer lugar, llovía (motivo suficiente para comer tortas fritas); dos: ya las había probado y estaban ricas (es decir, ya fue); tres: aumento mis defensas (si sobrevivís a esa roña te hacés inmortal) y, por último –aunque no menos importante-, confirma mi teoría del ingrediente secreto. Paso a explicar: el particular deleite de los panes saborizados (otra de las especialidades de mi vecino panadero) no es consecuencia de los diversos sabores que les pone (a saber, orégano, salame, queso y jamón), sino que viene dado por un ingrediente secreto que son los pelos -de dudosa procedencia porque es pelado- que jamás escasean en tales manjares. En realidad no es tan secreto porque uno muerde un pan y salta a la vista que algo más había, en este caso: cabellos. El secreto sería que ese es el ingrediente secreto. En fin. Así mismo, las tortas fritas no serían lo mismo si tuviera las uñas limpias al momentos de amasarlas y si en lugar de usar el mismo aceite que puso a principio de año, lo renovara de tanda en tanda (o de semana en semana, si se quiere, porque el aceite está caro y no vaya a ser cosa que, en lugar de venderme tres tortas fritas por dos pesos, me las quiera cobrar un peso cada una).
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